Los Diez Escalones by Fernando J. Múñez

Los Diez Escalones by Fernando J. Múñez

autor:Fernando J. Múñez
La lengua: spa
Format: epub
editor: Editorial Planeta
publicado: 2021-04-08T13:40:09+00:00


CAPÍTULO XXIV

Sancho había mirado una vez más por encima del hombro a su mujer antes de dejarla frente al altar y penetrar en el claustro. Después caminó detrás del novicio hacia el locutorio meditando qué hacer con ella. «Si me diera un hijo, la muy perra —se dijo—, bien me la quitaría de encima». Cada vez la detestaba más. Siempre andaba gimoteando, apenas salía del cuarto y parecía un fantasma caminando de ahí para allá a la hora de la comida. Solo abandonaba su retiro para confesarse, cual beata.

Salir de caza solo había sido una excusa para visitar de nuevo a un jurisconsulto burgalés llamado Esteban de la Mota para ver de qué manera podía anularse el testamento o disolverse el matrimonio manteniendo la riqueza de su esposa. Tenía la esperanza de que en esa ocasión ese legista pudiera encontrar un resquicio legal que otros no vieron, pues se trataba del discípulo más aventajado del gran maestro Jacobo de la Junta, quien había asesorado en Las Siete Partidas. Había escuchado que se había mudado a Burgos desde el reino de Aragón y no podía dejar pasar la oportunidad. Pero su gozo murió pronto. El legista le había dejado claro que el testamento estaba perfectamente redactado y firmado por siete testigos de renombre, por lo que no podía invalidarse.

—Respecto al matrimonio..., veréis, don Sancho —le había dicho—, podéis disolverlo por varios caminos. Uno podría ser que vuestra esposa deseara entrar en una orden monástica. Cierto que en ese caso tendríais que jurar castidad mientras fuera monja. —«¡Ja! No me veré en esas», se dijo—. Otras posibilidades pasan por demostrar que nunca estuvo cuerda y que consintió en contraer matrimonio llevada por la locura o que tiene un parentesco inferior a un cuarto grado con vos, pues esta consanguinidad está prohibida. Cualquiera de estos supuestos sin duda alejarían a vuestra indeseable esposa de vos, pero no podríais tocar la herencia privativa de ella, por lo que poco se puede hacer. O tenéis un hijo suyo o vuestra mujer debe cometer un delito contra la corona como, por ejemplo, traición, un homicidio o adulterio —había concluido señalando con la pluma la mesa—. Me temo que os habían aconsejado bien sobre este asunto antes.

Nada nuevo. Sancho había arrugado el entrecejo al escucharlo, cuando la desesperación se convirtió en su aliado y en su mente floreció una estrategia.

—¿Adulterio...?

—Sí, que vuestra esposa haga de vos —el legista se había detenido un instante—, con todos mis respetos, don Sancho, un cornudo. Solo entonces podréis repudiarla por ley y tomar sus bienes privativos como propios al cumplir la condición del testamento.

La imagen de don Alvar y su esposa yaciendo juntos había estallado entonces poderosamente en su interior.

—Así que las opciones son: o un hijo o el adulterio.

—O ambas a la vez —había sonreído el legista.

¡Qué ciego había estado! El cardenal representaba la puerta para obtener sus anhelos. Aquel era el sendero que recorrería para alcanzar la fortuna de su esposa y deshacerse de un plumazo de la beata y de su ilustrísima.



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